A mí que no me vengan con discursitos justiciero-mamertos. A Álvaro Uribe no lo condenó la justicia. Lo condenó el odio. Lo sentenció una jueza que no escondió su rabia, su sesgo, ni su necesidad de hacerle saber al país de qué lado estaba. No fue un fallo judicial. Fue una escena cuidadosamente armada para hundir al único expresidente que jamás se arrodilló ante las élites del miedo.
Dijeron lo suyo apenas se conoció el fallo: Rodrigo Londoño «Timochenko» uno de los mayores terroristas de la historia reciente, hoy gozando de impunidad absoluta, celebró en X que “la sentencia condenatoria contra Uribe es un hito que marca un cambio de época en Colombia. El país no puede ser tierra sin ley para los poderosos”
El presidente Petro -a veces creo que no vale ni la pena hablar de ese man- lleva tiempo lanzando acusaciones y dardos, no en vano, el país encendido por sus discursos, no fue capaz de evitar el atentado contra Miguel Uribe.
Hoy Petro se aferró al libreto de la “independencia judicial” para acallar cualquier duda. Gustavo Bolívar tuiteó: “La justicia cojea pero llega… Empieza a hacerse justicia”
Ingrid Betancourt, víctima de los terroristas que la secuestraron durante años, reconoció el fallo, pero lo calificó de insatisfactorio, por las irregularidades del proceso.
Desde el centro político, Sergio Fajardo y Jennifer Pedraza llamaron a respetar el veredicto y a las instituciones. El penalista Francisco Bernate advirtió que el caso evidencia una doble justicia: una para Uribe y otra para el resto, y plantea dudas sobre cómo se juzgarán los procesos del actual gobierno.
Doce años de prisión domiciliaria, una multa millonaria, inhabilitación política: esos son los datos. Pero el dato real es otro; a Uribe no lo vencieron con votos. Lo derrotaron con un veredicto ya conocido y aplaudido, por sus enemigos de antes de que se leyera.
Desde el Pacto Histórico celebraron a rabiar, y exaltaron el fallo sin matices; lo que deja entrever que este libreto lleva escrito desde hace tiempo. Hoy se excitó esa facción de la izquierda que siempre ha sido recalcitrante, odiadora y visceral, y que no digiere a quien se enfrenta con firmeza, con «todas las formas de lucha» y sin asco.
Uribe podrá tener fallas -absurdo sería negarlo- pero la izquierda colombiana no quería justicia, quería sicariar moralmente a Uribe. Querían sacar del mapa político a quien enfrentó el terrorismo con patriotismo, y con huevos. “La injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes”, advirtió Martin Luther King. Hoy esa frase resuena con fuerza: cuando un fallo ya está dictado en redes, cuando la jueza insulta más que sentencia, no puede contener su enemistad ideológica con el procesado, y se mete hasta con su familia, como alardeando del odio que Uribe le despierta, y cuando los aplausos vienen de quienes todavía guardan impunidad, lo que muere no es el acusado, sino muere el valor de la ley.
Finalmente, es claro que este no fue un juicio, más bien fue un mensaje: Si te metes con el poder, (con nuestro poder) tendrás que pagar el precio. Ese es el verdadero peligro.
