Martes, 9 de junio de 2026

Más constituyente y un discurso más radical: lo que revelan las 433 páginas del programa de gobierno de Iván Cepeda

  • viveelmeta.com
  • Publicado en Jun 08, 2026
  • Política
Tras revisar 433 páginas, el programa de gobierno de Iván Cepeda se perfila como una profundización del petrismo, con más revolución, constituyente y confrontación política más cargada ideológicamente, pero sin propuestas para el Meta.


Después de revisar las 433 páginas del programa de gobierno de Iván Cepeda, queda una sensación difícil de ignorar: esto no parece un proyecto distinto al de Gustavo Petro. Más bien se lee como el intento de llevarlo un paso más allá.

Y no lo dice la oposición. Lo dice el propio documento. Cepeda reconoce que el programa defendido por Gustavo Petro es la base de su propuesta y plantea que Colombia debe avanzar hacia una “segunda etapa del cambio”.

Hasta ahí podría pensarse que se trata simplemente de continuidad política. Pero al leer con detenimiento aparece una diferencia importante. No está en las propuestas económicas, ni en la reforma agraria, ni en los temas sociales. Está en el lenguaje.

Mientras Petro construyó su campaña alrededor de palabras como cambio, vida, paz y transformación, Cepeda utiliza términos mucho más cargados ideológicamente: revolución, poder constituyente, rebelión ciudadana, movilización social, revolución ética, revolución agraria, revolución política y hasta la idea de “mandar obedeciendo”.

Las cifras hablan por sí solas. En las 433 páginas del documento aparecen 248 menciones a la palabra revolución, 145 menciones a Gustavo Petro, 110 al Pacto Histórico, 84 referencias a la extrema derecha, 97 menciones a Álvaro Uribe y 26 referencias al llamado poder constituyente.

Y ahí es donde comienza el verdadero debate.

Porque cuando un candidato utiliza casi 250 veces la palabra revolución, ya no estamos hablando simplemente de un recurso literario. Estamos hablando de la forma en que entiende el poder y la transformación del país.

El programa habla de revolución ética, revolución agraria, revolución territorial, revolución social, revolución urbana y revolución política. Es decir, prácticamente todos los grandes problemas nacionales son abordados bajo la lógica de una revolución.

El asunto no es menor. En América Latina, la palabra revolución ha estado históricamente asociada a procesos de transformación profunda de las instituciones existentes. Por eso genera preguntas legítimas cuando se convierte en el eje central de una propuesta presidencial.

Algo similar ocurre con el llamado poder constituyente.

Durante años, Gustavo Petro aseguró que no impulsaría una Asamblea Constituyente. Sin embargo, una vez en la Presidencia volvió repetidamente sobre el tema, habló del poder constituyente y sostuvo que el pueblo debía tener mecanismos para superar los bloqueos institucionales que, según él, impedían las reformas.

Ahora Cepeda retoma ese mismo concepto y lo incorpora dentro de su programa.

En teoría, el poder constituyente hace referencia a la capacidad del pueblo para transformar las instituciones y redefinir las reglas de juego de una sociedad. Suena democrático en el papel. El problema aparece cuando ese concepto comienza a plantearse como una herramienta para superar o presionar a las instituciones existentes.

Por eso llama la atención que, aunque el documento habla de respeto por la Constitución y por las instituciones, al mismo tiempo insista en que los cambios profundos deben surgir desde el poder constituyente y la movilización social.

La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde llega el respeto institucional cuando se plantea que el verdadero motor de transformación está por fuera de las instituciones?

Algo parecido ocurre con la llamada rebelión ciudadana.

Cepeda la presenta especialmente como una herramienta para enfrentar la corrupción. Según el documento, las comunidades, organizaciones sociales y movimientos ciudadanos deberían asumir un papel protagónico en la vigilancia de los recursos públicos.

La idea puede sonar atractiva, pero también deja interrogantes. Porque en la práctica la lucha contra la corrupción tiene responsables constitucionales muy claros: Fiscalía, Procuraduría, Contraloría, jueces y organismos de control.

Sin embargo, el énfasis del programa parece estar puesto en la movilización social y la vigilancia ciudadana más que en fortalecer las instituciones encargadas de investigar, juzgar y sancionar.

Otro aspecto que llama la atención es la permanente construcción de un adversario político.

A lo largo del documento aparece una y otra vez la referencia a la extrema derecha. De hecho, la expresión es utilizada 84 veces. Álvaro Uribe es mencionado 97 veces.

Eso significa que buena parte del programa no solamente se dedica a explicar qué quiere hacer Cepeda, sino también a señalar contra quién quiere hacerlo.

Y ahí aparece otro riesgo del lenguaje militante. Cuando un proyecto político necesita identificar permanentemente enemigos, opositores o amenazas para justificar sus propuestas, la discusión democrática puede terminar reemplazada por una lógica de confrontación permanente.

Por eso la principal diferencia entre Petro y Cepeda no parece estar en las propuestas. Las banderas son prácticamente las mismas. Reforma agraria, fortalecimiento campesino, participación popular, redistribución, paz y transformación territorial.

La diferencia está en la intensidad del discurso.

Petro hablaba de transformación. Cepeda habla de revolución.

Petro hablaba de cambio. Cepeda habla de profundizar el cambio.

Petro hablaba de participación popular. Cepeda habla de poder constituyente y rebelión ciudadana.

Y esa diferencia no es simplemente semántica. Las palabras importan porque reflejan cómo se entiende el ejercicio del poder.

Pero quizás lo más llamativo para los habitantes del Meta es lo que no aparece.

Villavicencio es mencionada apenas unas pocas veces dentro de discursos y eventos políticos. El Meta aparece en varias referencias relacionadas con regalías, petróleo y contexto regional.

Sin embargo, después de revisar las 433 páginas, no aparecen proyectos concretos, cronogramas específicos ni un capítulo dedicado exclusivamente a resolver los problemas estructurales del departamento.

No hay un plan especial para la Altillanura.

No hay una propuesta específica para la conectividad regional.

No hay grandes apuestas para el desarrollo agroindustrial del Meta.

No hay una estrategia diferencial para la principal región petrolera del país.

En cambio, sí hay cientos de referencias a revolución, movilización social, constituyente, rebelión ciudadana y extrema derecha.

Por eso la pregunta final sigue abierta.

¿La segunda etapa del cambio que propone Iván Cepeda traerá soluciones concretas para regiones como el Meta o terminará concentrada, principalmente, en profundizar el discurso ideológico y político que ha caracterizado al Pacto Histórico durante los últimos años?