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Opinión

Apuntes sobre la paz de hoy y del conflicto armado de ayer

Episodios de la construcción de paz en el Meta luego de cuatro años de la firma del acuerdo y una memoria del complejo conflicto armado.

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[email protected] Vive el meta

En su tránsito a la reincorporación los excombatientes farianos que siguen firmes en su proyecto de no volver a la guerra, con acciones y proyectos continuados han ido construyendo y reconstruyendo tejido social con las comunidades vecinas a donde llegaron desde finales de 2016 para realizar la transición a la vida civil.

Tras medio siglo de conflicto armado comprensible es que lento sea el proceso sociológico para la restauración o creación de la confianza, sin embargo los avances en la construcción de paz en los territorios son innegables y dan cuenta directa de ello quienes lo viven a diario en el mundo rural.

A la par de la reincorporación fariana la memoria colectiva prosigue recordando sus pésimas acciones de guerra y los firmantes de la paz reconocen sus culpas, entregaron mucho oro, cuentan verdades ocultas y piden públicos perdones. De lo anterior con frecuencia los medios periodísticos informan.

Por simple observación este año en el Meta durante los eventos de la Comisión de la Verdad y en otros espacios académicos sobre el pos acuerdo muy frecuente fue la participación de firmantes de la paz y de representantes del Ejército nacional, contrario ocurre con líderes ex paramilitares y de los gremios de la producción.  

Lea también: Eliminaron a un líder excombatiente férreo defensor del acuerdo de Paz.

Inconsciente colectivo: Ante este panorama fácil hoy es notar en el ambiente que una gran cantidad de colombianos dentro de los capítulos del intestino conflicto armado reconoce más a la guerrilla como actor principal y extrañamente minimiza la cifrada participación de las AUC.

Ordenamiento territorial del conflicto armado

Con base en lo anterior y poniendo la mirada en retro se recuerda que en tiempos de la fiera guerra en el Meta hubo territorios demarcados por la presencia de las autodefensas y de la guerrilla fariana.

A los municipios con mando total de las Farc los clasificaron públicamente como “zonas rojas”, mientras que a los de evidente dominio de los paras no les dieron código por tanto sus habitantes no cargaron con estigma alguno.

Una crónica sobre la violencia en el Ariari

En sintonía con lo anterior, al comienzo de este año de la pandemia una compañera de trabajo me obsequió un ejemplar de pequeño libro autoría de un pariente suyo. Se titula Historia del despojo, crónica de la violencia en el Ariari escrito por Jesús Alberto Cuéllar. El sello Palma Arismendi Editor lo publicó en enero de 2016, año de cuando ocurrió la firma del Acuerdo final de Paz.

La narrativa se ubica en los tiempos del gobierno de Andrés Pastrana A. sobre hechos acaecidos en sitios del municipio de El Castillo, todos afrontados por don José Alberto quien los consignó en su obra de 117 páginas.

Calculo que el 80% del contenido del libro corresponde a detalles de toda clase de arbitrariedades y violencias cometidas durante años por las Farc en diferentes lugares castillenses.

Pero tiene la crónica del señor Cuéllar un componente poco común en las narraciones del conflicto armado metense, se trata del capítulo que cuenta la llegada de los paramilitares al municipio de El Castillo.

Con base en lo anterior, tomo y transcribo algunos párrafos de dicho capítulo que inicia en la página 95.

“Al mes siguiente –tal como habían anunciado- las veredas de Aguas Claras, Cubarral, La Macarena, Caño Embarrado y Caño Claro fueron sorprendidas por unos trescientos paramilitares provenientes de El Dorado, quienes sorpresivamente entraron por la meseta, arrasando todo, avasallando a quien se les atravesara y recogiendo todo el ganado que encontraron a su paso. Ese día más de un finquero se quedó sin una sola res”, página 97.

“Sin embargo, lo que más amargura me generó, fue saber que a menos de tres kilómetros del sitio en que ocurría todo esto: el robo del ganado y el atropello hacia los campesinos, había un oficial del Ejército con más de cien hombres, al cual le mandamos a pedir ayuda, y quien por respuesta nos mandó a decir que: esas no eran funciones del Ejército sino de la Policía” página 98.

“Después vinieron las ejecuciones y la situación se hizo insostenible. Fueron muchos los que huyeron y muchos más los que murieron. Para las AUC sus crímenes no eran más que un juego que incluía porras y arengas, y donde el ganador se llevaba el premio de ajusticiar a la víctima y luego enterrarla en el monte o echarla al río. Las muertes se hacían siempre a cuchillo para evitar que el sonido de los disparos ahuyentara a los pocos habitantes que aún quedábamos. Así entendimos que nos encontrábamos abandonados por el gobierno y a merced de un grupo de asesinos peor que las Farc”, página 99.

“Nosotros seguíamos como parias, el gobierno solo nos tenía en cuenta para cobrarnos los impuestos, pues de eso si nunca se olvidó. En ese sentido el gobierno, la guerrilla y los paramilitares se parecen bastante. Con la única diferencia de que la guerrilla mataba a quienes no pagaban la vacuna a bala, y los paras a cuchillo, mientras el gobierno indiferente se limitaba a contemplar el espectáculo”, página 101.

“El apoyo del gobierno nunca se vio. Para el gobierno y para la fuerza pública solo éramos ciudadanos de tercera categoría y lo que sucediera con nosotros nada importaba. Andrés Pastrana quien era íntimo amigo de Tirofijo, tenía como política que pueblo que fuera tomado por la guerrilla o por los paramilitares debía ser abandonado por la fuerza pública, dejándolo así en manos de los invasores, y buscando con ello –según Pastrana- evitar los enfrentamientos” página 104.

Hasta aquí estos apuntes de hoy y de ayer en territorios metenses sobre episodios de la construcción de paz luego de cuatro años de la firma del acuerdo y un poco de memoria del complejo conflicto armado.

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